miércoles 16 de junio de 2010

EL DIABLO BAILA A LA SOMBRA DE LA LUNA ESCARLATA


A mediados del siglo XIX, en algún lugar del Pirineo...




Los gritos de la parturienta resonaron por toda la mansión durante mucho tiempo. Fue un parto difícil y todo el personal de la casa se afanaba en cumplir las órdenes de la comadrona. Cuando por fin cesaron, el llanto desesperado de la recién nacida ocupó su lugar. La madre, exhausta, apenas pudo abrir los ojos para mirarla cuando la acercaron, pero a pesar que se moría de ganas de acunarla y besarla, no pudo. Se estaba muriendo. Una terrible hemorragia que la comadrona no era capaz de cortar, se le estaba llevando la vida.

– Él siempre se lleva lo que le pertenece – dijo la moribunda hablando en susurros –. Cuida de esta niña, Lucía, y enséñala bien. No dejes que os falle como lo hice yo.
– ¿Cómo quieres que se llame?
– María...

Lucía, con la pequeña María en sus brazos, no dijo nada. Sabía que al no cumplir con su obligación se había condenado sin remedio y no había nada que ella pudiera decirle que la consolara, excepto una cosa.

– Te prometo, mi señora, que cuidaré de esta niña como si fuese mi propia hija, y cumpliré con tus obligaciones hasta que pueda ocupar el lugar que le corresponde por nacimiento. Te lo juro por mi vida.

Satisfecha con este juramento, se relajó y se dejó ir. Ya no tenía que seguir luchando. La pequeña María cumpliría con su destino allí donde ella no había podido. Lucía se encargaría. ¡Maldito amor! ¿Por qué tenía que haberse cruzado en su camino? Miró a los pies de la cama y le vio a él allí, esperándola. Venía a reclamar lo que era suyo.



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miércoles 17 de marzo de 2010

LA DERROTA DE HELENA

Las murallas siguen en pie. A pesar de los diez años de asedio y de las batallas en las que tantos héroes han perdido la vida; a pesar de Aquiles y de la muerte de Héctor; a pesar de la derrota, siguen en pie. Durante diez años hemos creído que ellas nos protegerían de los aqueos, que su inviolable majestuosidad nos mantendría a salvo mientras el horror se adueñaba del campo de batalla. Confiábamos en ellas tanto como en los dioses, pero el ingenio de un hombre y nuestra propia estupidez las han convertido en inútiles salvaguardas de una ciudad condenada a la destrucción.

La ciudad arde completamente. Mire en la dirección que mire, las llamas se alzan impertérritas ante los gritos de dolor y lo devoran todo a su paso. Este es el fin de Ilión tal y como Casandra vaticinó, aunque todos fuimos tan estúpidos como para no tomarla en serio. Loca, la llamamos; los locos fuimos nosotros al creer que podríamos escapar a nuestro destino, sentenciado en el mismo momento en que yo, pobre estúpida, creí que podría salir corriendo de una vida que no quería en pos de un sueño que no ha traído más que desgracias a todos aquellos que he amado.


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viernes 12 de febrero de 2010

EL SUEÑO DE UN RELOJ DE ESTACIÓN

Lo colocaron allí durante el verano del 56 porque el anterior había acabado estropeándose irremisiblemente después de tantos años de funcionamiento regular y perfecto. Era un reloj sencillo de formas, circular, de grandes números negros que contrastaban con la esfera blanca sobre la que iban girando sus manecillas indicando la hora y los minutos día tras día.

Fue feliz el día que los operarios lo colocaron sobre la puerta de la estación de trenes, colgado de la pared mirando siempre hacia los andenes y las vías, porque se abrió ante sus ojos un mundo nuevo de gentes cambiantes que se movían pasando por debajo de él, caminando, corriendo, cantando, llorando, riendo; y porque todos, en un momento u otro, acababan mirándolo.

Era un reloj sencillo, de una estación sencilla, en un pueblo de gentes sencillas. Hasta él no llegaron las noticias de las revoluciones estudiantiles que sacudieron otros países, no supo nunca de las manifestaciones multitudinarias de las grandes ciudades, del nacimiento o muerte de personajes importantes, de los cambios políticos. Era un simple reloj que se limitaba a señalar la hora a las personas que, impacientes, esperaban la llegada del tren.

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domingo 7 de febrero de 2010

REBELION EN EL BAÑO

—¡No lo soporto más!— exclamó agriamente la esponja cuando el dueño de la casa salió del baño cerrando la puerta a su espalda.

—¿Qué es lo que no soportas, bonita?— preguntó la bañera con un ligero retintín mientras miraba con disgusto mal disimulado el lamentable estado en que había quedado después de la ducha matutina del amo.

—¡Que no me limpie después de usarme! ¡Eso es lo que ya no soporto! ¡Siempre igual! ¡Cada mañana lo mismo! Me estropearé en cuatro días y ¡hala! a la basura. Claro, qué le importa a un estúpido humano la triste y miserable vida de una simple esponja...— y sollozó al decirlo.

La bañera se apiadó de la pobre esponja y aunque la fastidiaba un poco porque todo el día estaba encima de ella, escurriéndose en uno de sus rincones, intentó consolarla.


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miércoles 3 de febrero de 2010

EL LABERINTO DE ARIADNA

Veo alejarse el barco de Teseo, príncipe de Atenas. Acaba de dejarme abandonada en esta minúscula isla y debería estar más que enojada pero… sí, no te sorprendas, en mis labios aflora una sonrisa. ¿Por qué? Porque no ha hecho mas que cumplir con mis deseos. Aquí es donde quería estar porque aquí es donde él podrá venir a buscarme. No, no me refiero a Teseo, tonto, me refiero a… Pero mejor te cuento la historia desde el principio.

Me llamo Ariadna y soy hija del rey Minos de Cnosos y la reina Pasifae, la que se volvió loca de amor por un toro y dio a luz al Minotauro. ¿Has oído la historia? Por supuesto, todo el mundo la conoce. Yo tuve que vivirla de pequeña y créeme cuando te digo que es algo que aun no he superado. Cuando esa bestia nació, mi padre, que tiene una mente bastante retorcida, pensó que podría utilizar su mera existencia para mantener aterradas a las ciudades que están bajo su dominio y en lugar de matarlo, que es lo que cualquiera con dos dedos de frente hubiera hecho, lo encerró en el laberinto que Dédalo había construido y empezó a exigir a cada ciudad sometida, como parte del tributo anual, a siete muchachos y siete doncellas para ofrecerlos en sacrificio.


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sábado 30 de enero de 2010

HISTORIAS DE VAMPIROS: MIKAL

Cuando el portero de la discoteca puso la mano en su pecho intentando impedirle el paso, Mikal lo miró profundamente durante unas décimas de segundo. El armario empotrado pareció cambiar de opinión porque sonrió estúpidamente (algo que no era un efecto secundario de la manipulación mental a la que había sido sometido, sino de su propia imbecilidad) y se apartó. Mikal cruzó la puerta sonriendo. Doscientos años como vampiro, y esta parte aún le encantaba.

Durante varios minutos tuvo todo el local ante su vista, varios metros más abajo de donde se encontraba la entrada. Una pasarela metálica la cruzaba de un lado a otro y a ambos extremos, unas escaleras que le introducirían en medio de la multitud que bailaba, reía y bebía frenéticamente. Miró desde lo alto de la pasarela dejando que su instinto le guiara hasta que la localizó. Margarita estaba rodeada de varios hombres –como no– que se morían por llamar su atención. La agasajaban continuamente – ¿quieres esto? ¿Te apetece lo otro? –, pero ella parecía aburrida. Mikal volvió a sonreír, pero esta vez con ferocidad. Esto está a punto de cambiar, nena.

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jueves 21 de enero de 2010

LA LOCURA DE PASIFAE

Poseidón no es un dios benévolo. ¿Por qué iba a serlo? Ninguno lo es. Todos son mezquinos, manipuladores, vengativos, injustos… Su ira no tiene límites y su egoísmo es absoluto. Nunca pude saber en qué pensaba el rey Minos cuando le desafió, pero desde luego no creo que tuviera la mente muy clara.

Todo empezó con un regalo, algo inofensivo y que debería haber sido fuente de alegría; pero los regalos divinos siempre tienen dos filos, como las espadas, y si no estas acostumbrado a manejarlas acabas cortándote. En este caso, traen la desgracia a todo un pueblo. ¡Qué los hados nos libren de estos presentes!

El toro que surgió de las aguas en la playa mas cercana al palacio de Cnosos era hermoso, eso nadie lo pone en duda, pero ¿tanto como para que Minos se negara a su sacrificio? Se acercaba la época del año en que se celebraban las fiestas en honor de Poseidón cuando los sacerdotes del dios del mar presenciaron el prodigio, un enorme animal de un blanco inmaculado, cuernos afilados y pisada firme salió de las aguas resollando y se inclinó ante los sacerdotes, demasiado aterrorizados para salir corriendo. Eso es lo que dicen que sucedió en aquella playa, aunque yo no puedo asegurarlo porque no estaba allí.

Lo llevaron hasta el templo y las doncellas le pusieron guirnaldas en los cuernos. Le lavaron para limpiar su pelaje del salitre del mar y le cepillaron concienzudamente. El toro parecía dócil y dejaba que todos se acercaran a tocarlo y acariciarlo hasta que Nimas, el Maestro de los Bailarines, se acercó a él. ¡Oh, amigos, puedo aseguraros que su reacción fue cualquier cosa menos dócil! De una sacudida de su cabeza se libró de las guirnaldas; de su hocico empezó a brotar humo y con sus patas delanteras arañó el suelo con impaciencia. Se disponía a embestir a Nimas, todos los presentes fuimos testigos, y sólo cuando el Gran Sacerdote del Templo de Poseidón declaró que aquel sería el primer toro que danzaría con los bailarines en honor del dios del mar, el animal se calmó.


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sábado 16 de enero de 2010

EL SUEÑO DE GANÍMEDES

Según las leyendas, Ganímedes era un niño de 11 o 12 años cuando fue raptado por Zeus mientras vigilaba el rebaño de ovejas de su padre, el rey Tros (del que derivó el nombre de Troya). No puedo escribir un relato romántico con leves pinceladas de erotismo protagonizado por un niño por razones obvias, así que he decidido hacerle crecer unos cuantos años. Esta licencia que me he tomado deriva en un pequeño problema: un muchacho de 17 años era considerado un hombre y no podía estar cuidando un rebaño de ovejas, mucho menos siendo hijo de un rey, así que pensé en convertirlo en un joven guerrero; pero, ¿qué joven guerrero iba a ser feliz siendo obligado a trabajar como copero, aunque fuese del rey de los dioses? He transformado a Ganímedes en un joven poeta, mas amante de la naturaleza y la belleza que de las armas y la guerra. Perdonad mi atrevimiento.




Ganímedes estaba realmente cansado de esta estúpida situación. Desde que las musas se habían enfadado con él por haber coqueteado con Apolo, la inspiración rehuía su ingenio y no era capaz de escribir dos versos rimados decentemente. A Zeus le gustaban sus poesías y eso era lo único que les mantenía unidos desde que Padre Trueno decidió abandonar su lecho –a causa de la celosa Hera, seguro–. Sin versos ni amor, lo único que quedaba era el copero y la ambrosía servida y Zeus ni siquiera lo miraba cuando le llenaba la copa durante los banquetes.

Qué asco de inmortalidad, pensó. Era uno de los inconvenientes que presentaba: lo único que duraba para siempre era la vida; lo demás, todo lo demás, era finito. Hasta las montañas conseguían desaparecer si les dabas el tiempo suficiente, borradas por la erosión del viento y la lluvia. Así se sentía Ganímedes cuando la tristeza se apoderaba de su ánimo, completamente excluido de la historia de la vida, ausente de los recuerdos, como un fantasma incorpóreo que ya no tiene derecho a caminar entre los vivos. Miraba hacia su futuro y lo único que veía ante él era el interminable discurrir de los días en su eterna monotonía, prisionero de su destino y cautivo entre los barrotes dorados de la cárcel en que se había convertido el Olimpo para él.


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miércoles 9 de diciembre de 2009

CAMPAÑA SOLIDARIA: Una navidad, un niño, un libro

Los autores de LibroVirtual.org han aportado relatos, cuentos, poemas e ilustraciones en su mayoría inéditos para la realización de un libro que tiene como tema principal la Navidad y los niños.

Este Libro Solidario, que tiene como título el nombre de la campaña, está disponible en los formatos eBook más populares, y se ofrece para lectura y descarga en la web, bajo la firma Escritores Solidarios.

Los lectores pueden descargarlo o hacer una donación a Escritores Solidarios por el importe que ellos decidan.

También podrán adquirir la versión impresa y en PDF a través de Bubok.

De igual forma se ofrece a todas las empresas y particulares que quieran enviarlo como felicitación a sus clientes y amigos -en lugar de los christmas de siempre-, u ofrecerlo en su web para descarga gratuita, a cambio de una donación voluntaria o a través del sistema Partner LV.

TODOS LOS BENEFICIOS QUE SE OBTENGAN POR DESCARGAS, DONACIONES O VENTAS SERÁN ENTREGADOS A LA FUNDACIÓN PEQUEÑO DESEO, que ha sido elegida por votación entre los mismos autores del libro.

¿CÓMO SE PUEDE COLABORAR CON ESTA CAMPAÑA SOLIDARIA?

Son múltiples las maneras de ayudar a esos niños,y cada cual puede elegir la/s que quiera para aportar su contribución:

ENVIANDO UN SMS POR POCO MÁS DE 1 €

Tan sencillo como enviar un simple SMS e introducir el Código de donación que nos sea devuelto.

Sin más mensajes después. Seguro que todos alguna vez hemos enviado un SMS para participar en un concurso. Esto merece más la pena, no lo pienses.


REGALANDO LIBROS PERSONALIZADOS A QUIEN QUIERAS, POR UNA ÚNICA DONACIÓN IGUAL O SUPERIOR A 10€

La portada del libro (en formato PDF) se personalizará y enviará por email a cada empresa o particular que aporte su contribución a partir de 10 €, con su logotipo o nombre, junto al lema "... ha ayudado a conseguir una Navidad mejor para los niños" y un enlace a la dirección web que deseen.

Enviar el libro por email a tus clientes o amigos es una manera diferente, original y solidaria de ayudar a la causa.

Quienes participen de esta forma también aparecerán en la lista de agradecimientos de esta página.

Nota aclaratoria: la versión PDF es digital, no es un libro impreso en papel


Pasos para ayudar a la campaña solidaria de esta manera:
  1. Haz tu donación a través de PayPal
    o mediante ingreso o transferencia bancaria en la cuenta de CCM: 2105 0036 18 1290026030
  2. Envíanos un correo a solidario@librovirtual.org dándonos algún dato para localizar tu donación.
    Indícanos tu nombre o el de la empresa, adjúntanos tu logotipo si procede, y la página web donde quieres que enlace la portada del Libro Solidario.
  3. En apenas unas horas recibirás en tu email el PDF personalizado del Libro Solidario, para que lo envíes a todo el que quieras.

HACIENDO UNA DONACION A ESCRITORES SOLIDARIOS O DESCARGANDO EL EBOOK POR POCO MÁS DE 1 €

Te costará eso, solamente 1 € (si es donación), 1€ y algo (si es descarga) o lo que tú decidas.
Menos de lo te cuesta un café, una cerveza, un viaje en autobús... y será para los niños que más lo necesitan.


COMPRANDO EL LIBRO SOLIDARIO IMPRESO

Si prefieres sentir el tacto del papel, o quieres regalar (o regalarte) la versión impresa del Libro Solidario, está disponible en Bubok.


PARTICIPANDO COMO COLABORADOR SOLIDARIO

Si eres un particular o representas a una empresa que quiere aportar su donación o participar en el programa Partner LV con este libro, o en general ayudar de la manera que sea posible, escribe a solidario@librovirtual.org con el Asunto "Quiero ayudar en la campaña solidaria de Navidad".

¡Muchas gracias por adelantado a todos los que ayudaréis a darle una mejor Navidad a los niños!

Autores solidarios que han participado en el libro:

Ilustraciones

Blanca Bk (portada)
Ana Cristina Martín
Agustín Garriga
Mario de la Cruz
NinaR
Fernando Prats
Alexandrina Pinto
Miguel Angel Martínez
Juan Carlos García del Blanco
Relatos y cuentos

Silvia Ochoa Ayensa
Conchita Ferrando
Mª Dolores Alonso
Manuel Ferrer
Marta Bolet
Antonio Arteaga
Antonio Constán Nava
Lola Montalvo
Federico Fayerman
José Gómez Muñoz
Niobe
Belén Arteaga (11 años)
Daniel Hernández
Harol Gastelú Palomino
Celsa Barja
Daniel Hernández Rodríguez
Mario Jesús Salomón Escobar (9 años)
Daniel Hermosel
Natalia Linares
Almudena Romea García (8 años)
Diego Castro Sánchez
Mayte Moro Artalejo y
José Luis Latorre Rivas
Catalina Gómez Parrado
Emcharos
Carmen Gómez Ojea
Toño Prado
Daniyecla
Silvia Penedo Torres
Carolina Lorenzo (12 años)
Benet M. Marcos
Yolanda Díaz de Tuesta
Poemas

José Manuel López Martín
José Ramón Marcos Sánchez
Rosario Bersabé Montes
Paquita Dipego
Mari Carmen Espinosa
Emmanuel Quiñones
Emili Gallego Sampedro
Fernando Sabido Sánchez

Empresas y particulares solidarios que ya han hecho su aportación:

Gregorio López


Colaboran:

lunes 30 de noviembre de 2009

Mas cuentos

Pues sí, dos cuentos mas publicados en Libro Virtual. Espero que paséis por allí a leerlos. Ya me diréis si os han gustado.

Rebelión en el baño


El laberinto de Ariadna

viernes 27 de noviembre de 2009

La locura de Pasifae

Nuevo cuento publicado en Libro Virtual. Clica en el enlace para poder leerlo cómodamente y de forma gratuita.

LA LOCURA DE PASIFAE

Recuerda que a la derecha de este post están los enlaces a los cuentos publicados anteriormente, por si no los has leído aun, ;-)

viernes 20 de noviembre de 2009

EL SUEÑO DE GANIMEDES

EL SUEÑO DE GANIMEDES
Clica en el enlace y léelo en Libro Virtual

viernes 6 de noviembre de 2009

LIBRO VIRTUAL

Hoy no vengo a contaros un cuento, sino a hablaros de una iniciativa muy interesante que da la oportunidad, a autores desconocidos, de salir a la luz pública. Se trata de una pagina web, LIBRO VIRTUAL.ORG, donde podrás encontrar novelas, cuentos, poesía, cómics... y leerlos gratuitamente online, con un aspecto totalmente real y maravilloso. Si alguna obra te gusta, puedes descargartela en formato pdf por el precio de un solo sms o simplemente hacer una donación al autor, totalmente voluntaria, por supuesto. Sino, simplemente con clicar una vez en cualquiera de los anuncios ayudarás al mantenimiento de la página.

¿Y por qué hablo de esto? Pues porque además que me parece una idea muy interesante, yo colaboro de vez en cuando con algunos de mis cuentos. Me encontraréis con mi verdadero nombre, Marta Bolet, si quereis buscarme.

Pasaros por allí. Estoy segura que no os arrepentireis.

Besos.

domingo 4 de octubre de 2009

MOMENTOS

-I-
La veía cada noche cuando sonaban la hora de la brujas en el campanario y la luna bostezaba de aburrimiento en lo alto del cielo. Cada noche a las doce salia de la ducha con la piel enrojecida por el calor del agua y el pelo envuelto en una toalla. Se secaba metódicamente delante de la ventana abierta, haciendo que cada movimiento fuese un flujo de erotismo constante. Con una suavidad innata seguía el contorno de su cuerpo con la toalla, secando sin frotar, entreteniéndose mas de la cuenta en sus pechos y en su ingle.

Después venia la crema hidratante, todo un ritual para sus ojos y sus sentidos, que extendía lentamente por todo su cuerpo con suaves movimientos circulares, desde su cuello hasta la planta de los pies.

Cada vez que con sus manos llenas de crema seguía el contorno de sus pechos o de su vientre, sus pezones se endurecían como si recordaran otros momentos vividos en compañía, y él, desde su pedestal de piedra, envidiaba con todas sus fuerzas al hombre recordado por ese cuerpo recién lavado.

Después soltaba su pelo, mojado y enmarañado, y lo peinaba con el cepillo, lentamente, mirándose al espejo, aun completamente desnuda, sin pudor ni vergüenza. Lo secaba con el sacador, un suave zumbido apenas adivinado desde tanta distancia, y él sabia que se acercaba el final por hoy, pues pronto cubriría su cuerpo con el camisón y apagaría la luz, dejando su alma encerrada de nuevo a oscuras.

Intentó mirar el cielo, consolarse con el brillo de las estrellas, pero su cuello de piedra no se movio.

“Eres una gárgola- se dijo con resignación-. ¿De veras creíste alguna vez que podrías escapar a tu destino?”

Y allí se quedó, en lo mas alto de la torre de la catedral, con su cuerpo deformado por el tiempo y el frio, recorrido por tremendas grietas, los ojos de piedra fijos en la ventana sin luz y la boca abierta en una terrible mueca, esperando, siempre esperando, la medianoche siguiente, en la que ella salga de nuevo de la ducha, con su cuerpo mojado y los ojos brillantes, lo mire a través de la ventana e incie de nuevo el ritual, solo para él, solo para sus ojos de piedra, solo para su alma.

-II-
Estar sola y sentirse sola son dos cosas completamente distintas. Claudia no estaba sola. Tenia padres, tenia hermanos, tenia amigos… incluso tenia un medio novio que a veces se quedaba a dormir con ella. Nada serio, por lo menos de momento, pero ahí estaba, con sus anchos hombros, un buen lugar en el que apoyarse en los malos momentos. Claudia tenia mucha gente a su alrededor, sí.

Y sin embargo se sentía sola. Si le hubieses preguntado no habría sabido explicarte por qué; no había motivo ni razón para tener ese enorme agujero en el estomago que parecía engullir toda la felicidad que era capaz de conseguir, ni para que se le cerrara la garganta cada vez que abría la puerta para entrar en el pequeño apartamento donde vivía. No tenia por qué tener esas extrañas ganas de llorar abrazada a la almohada, deseando algo que no estaba allí y que ni siquiera sabia qué era.

Fue al medico, por supuesto, y cada día se tomaba muy obedientemente los antidepresivos que le recetó, pero no llenaron el vacío que había invadido su alma.

La tristeza se fue apoderando poco a poco de Claudia aunque lograba disimularlo ante los demás riendo mas que nunca; no quería tener que dar explicaciones a nadie, porque tampoco sabría qué decir.

Pero una noche todo cambió.

Su apartamento estaba en el séptimo piso de un edificio de la calle Velazquez, justo enfrente del campanario de la catedral. El único paisaje que veía desde sus ventanas eran el frío muro de piedra y la hilera de gárgolas que lo custodiaban. Nadie podía mirarla desde allí y sin embargo, esa noche sintió, por primera vez, unos ojos observándola atentamente a través de la ventana del baño.

Claudia acababa de salir de la ducha. Era verano, hacía calor y el vapor del agua caliente se había acumulado. Abrió la ventana para airear el cuarto de baño; al fin y al cabo, nadie podía verla. Por eso se sorprendió cuando noto unos ojos fijos en su cuerpo desnudo, recorriendolo con avidez… Casi puso sentir físicamente las caricias de esa mirada desconocida.

Cerró la ventana de un golpe, sintiéndose ultrajada. ¿Quien se atrevía a mirarla así? Pero sin querer, la idea que un desconocido la mirara de esa forma la excitó. Su corazón se aceleró y por primera vez en mucho tiempo, esa terrible sensación en su estomago desapareció para dejar paso a otra mas agradable y placentera.

Claudia volvió a abrir la ventana y se apartó para que todo su cuerpo quedara a la vista del extraño, sintiendo como su excitación crecía al notar de nuevo esos ojos penetrantes acariciándola, recorriendo su cuerpo con ansia desmedida. Casi podía percibir el hambre que la motivaba, hambre de caricias, de abrazos, de momentos compartidos… unos ojos que pertenecían a alguien que estaba tan solo como ella… ¿Quien sería? ¿Donde estaría escondido? Pero lo cierto era que no importaba, que daba igual. Fuese quien fuese, no era mas que unos ojos intensos y con eso, ella tenia suficiente.

Y empezó su ritual, secar su cuerpo con la ventana abierta para que aquel extraño pudiese verla mientras extendía la crema hidratante por su cuerpo, para que se excitase como ella mientras recorría su propio cuerpo con sus manos, imaginándose que era él quien la acariciaba, pensando que quizá él también estuviese sintiendo lo mismo que ella… Y cada noche, desde aquella noche, abría la ventana cuando salia de la ducha y dejaba que él la acariciase y la poseyera solo con su mirada…

-III-
Lo que había empezado siendo placentero, poco a poco se estaba convirtiendo en una tortura. Verla cada noche en su desnudez mas absoluta, mostrándose a él a través de esa bendita ventana abierta, acariciarse con la toalla, lentamente, alargando el momento solo para él… Y él, maldita piedra pegada a una pared, una gárgola fría y sin vida que sin embargo sentía un corazón palpitar en su pecho, en ese pecho helado resquebrajado por el tiempo, eternamente inmóvil, siempre con la mirada fija en esa ventana, su ventana…

Durante el día soñaba que se despegaba del muro, que la sangre caliente fluía por sus venas, que la piedra se tornaba carne y que ese enorme pene que lucia entre sus patas traseras cobraba vida propia…, y que ella lo recibía con entusiasmo, dejándole explorar el bosque hasta entonces inexpugnable de su sexualidad.

Pero solo era un sueño, el sueño de una gárgola sin vida pero con conciencia de sí misma; una figura de piedra, fea y contrahecha, con los ojos fijos y las fauces abiertas en dirección a su ventana, que le rezaba cada noche al resplandor de la luna, hacedora de milagros.

Así fue durante muchas noches. Hasta que el milagro sucedió.

¿Cómo y por qué? Solo a Dios compete responder a esa pregunta; a mi me basta saber que un día el ruego de la gárgola fue atendido.

Su corazón de piedra empezó a palpitar de verdad; la sangre corrió por unas venas que no habían estado allí nunca, y su piel de granito se rompió, dejando nacer de su interior un cuerpo caliente de piel suave y rosada.

Saltó hacia la ventana que ella siempre dejaba abierta, casi volando atravesó la distancia que la separaba de ella. No se sentía torpe ni extraño; era como si siempre hubiese poseído ese cuerpo pero él no fuese consciente de ello hasta ese momento.

Entró en el baño y encendió la luz. Hacía mucho rato que ella se había acostado, así que seguramente ya estaría dormida.

Se miró en el espejo.

Su cuerpo estaba fibrado como el de un atleta, duro como una piedra -que ironía- pero caliente y suave al tacto. Tenía el pelo rubio y corto, peinado hacia un lado, bastante conservador. Mentón triangulado, pómulos fuertes, ojos grandes y verdes, labios carnosos pero muy masculinos…

Se miró durante un buen rato, extrañándose de cada pliegue de su piel, de cada linea, cada arruga; se tocó y se palpó, apenas atreviéndose a creer lo que estaba sucediendo, pero ahí estaba y era de carne y hueso.

Abrió la puerta del baño y fue hacia el dormitorio. No tenía claro qué iba a hacer a continuación. Estaba muy asustado pero el deseo de verla de cerca, de oler el perfume de su cuerpo, de estar ahí, simplemente, era demasiado poderoso como para ignorarlo.

Se arrodilló a los pies de su cama. La luna iluminaba con su resplandor el lecho ocupado por su belleza. Bajo la ligera sábana se adivinaba el contorno de su cálido cuerpo desnudo. Hacía calor y una gota de sudor resbaló, traviesa, por su frente. El hombre que había sido piedra sintió despertar su hombría, palpitaba entre sus piernas, gritaba reclamando atención, pero todos sus sentidos estaban abotargados por la belleza de la mujer que yacía en la cama.

Tiró de la sábana poco a poco, con cuidado de no despertarla; resbaló por el cuerpo de Claudia como una caricia y un suspiro de placer escapó de sus labios.

La gárgola gimió de terror. ¿Qué hacer? ¡Dios! ¿Qué hago?

-IV-
La fresca brisa que entraba por el balcón abierto despertó a Claudia. Aún antes de abrir los ojos supo que la sábana se había resbalado y ya no cubría su cuerpo. Sus pezones se habían puesto duros por el aire que hacía revolotear las cortinas y de su boca surgió un suspiro.

Había estado soñando con el desconocido y se despertaba excitada y húmeda. Se incorporó con pereza buscando la sábana y entonces le vió, una figura inmóvil a los pies de su cama. Se asustó y, de repente, fue muy consciente de su desnudez, que cubrió como pudo con la almohada, arrinconando la espalda contra la cabecera.

-¡Por favor, no!- dijo la figura que se escondía entre las sombras de la luna, arrastrándose hacia la pared del fondo, alejándose de la cama-. No voy a hacerte nada. No tengas miedo… solo… solo quería oler tu perfume… nada más. Llevo tantas noches observándote a través de la ventana del baño… tantas noches soñando contigo…

La frase se perdió en un susurro quedo, apenas un suspiro pronunciado, y el hombre se encogió sobre sí mismo, como si temiera algo.

Claudia miró con curiosidad aquella sombra desnuda, como ella, acurrucada en un rincón de su dormitorio. Inexplicablemente, el miedo que sentía se evaporó como el rocío durante la mañana. Curiosidad, eso sí; y excitación.

Era él. Con él había hecho el amor cada noche durante los últimos meses; en él pensaba cada vez que se acariciaba de forma incorrecta bajo las sábanas; por él había dejado a su medio novio… Todo eso había hecho por un fantasma que ni siquiera estaba segura que existiera, por un sueño, una quimera, un delirio…

Pero sí existía. Y estaba ahí, acurrucado en su dormitorio.

Estuvo a punto de preguntarle su nombre y cómo había entrado, pero temió que si empezaba pidiendo explicaciones, pudiese romper la magia que sin duda había propiciado este encuentro. ¿Qué importaba quien era o cómo había llegado hasta allí? Lo verdaderamente importante era que ESTABA allí…

-V-
Claudia se levantó de la cama y dejó caer la almohada al suelo. El hombre la miró aún asustado, encongido sobre sí mismo, y abrazado a sus propias rodillas. ella se acercó y le tendió la mano.

-Ven -le dijo-. No tengas miedo de mi.

¿Cómo no iba a tener miedo? se preguntó el hombre. Ella era como una diosa, un sueño inalcanzable, pero que ahora estaba alli, hablándole a él… Tenía miedo de tocarla. ¿Y si se rompía el hechizo? ¿Y si todo era una quimera provocada por su errática imaginación? No podía tocarla, no podía… Una cosa era adorarla desde los pies de la cama y otra muy distinta abrazar un sueñlo. Se encogió aún más sobre sí mismo.

Claudia se arrodilló ante él. No entendía qué era lo que estaba pasando, ni se entendía ella misma. Había despertado de un sueño erótico para encontrarse con que un extraño, el mirón que la había estado observando durante meses desde las sombras de la catedral, se había colado en su dormitorio completamente desnudo, a saber con qué intenciones. Cualquier mujer estaría muerta de miedo. Pero ella no, ¡oh, no! A ella todo esto le parecía altamente excitante.

-No tengas miedo -le susurró mientras cogía una de sus manos y se la llevaba a la boca. Besó su palma varias veces; tranquilo, le decía con cada beso, todo está bien, y cuando él se atrevió a mirarla, acompañó esa misma mano hasta uno de sus hermosos pechos.

Él la miró incrédulo. La estaba tocando y no se fundía en la nada, como en la mayoría de sus sueños diurnos, sino que seguía allí. Se incorporó poco a poco sin soltar el pecho, por si acaso, no fuese a escaparsele. Ella acarició sus mejillas y lo atrajo hacia su boca para besarle con ganas. Era el primer beso que saboreaba de verdad; allí nada tenía que ver su capacidad para imaginar.

Se levantaron al mismo tiempo, los ojos fijos en el otro; sus labios volvieron a encontrarse y sus brazos rodearon sus cuerpos. Sus manos acariciaron, sus labios besaron, sus lenguas jugaron traviesas, sus pezones se rozaron, el vello se les erizó al sentir tanto placer…

Sobre la cama, después de mil caricias y diez mil besos, él la penetró. Introdujo su enorme virilidad de gárgla en el mar del orgasmo, poseyéndola y dándose enteramente, sin temer nada. Fueron dos amantes felizmente reencontrados después de meses de desesperación incierta. Los gritos de ella, salvajes como sus uñas clavadas en su espalda, se escaparon por la puerta del balcón y penetraron furtivas en las casas de sus vecinos, convirtiéndolos en involuntarios testigos del milagro.

Después, con la tormenta de la pasión ya calmada, acurrucados los dos en brazos del otro, llegó el momento de las palabras.

-¿Quién eres?- murmuró ella somnolienta.

-Ven – le dijo él levantándose de la cama. La llevó hasta el baño y la puso ante la ventana. De pie detrás de ella, le rodeó los hombros con sus brazos y con su boca pegada a su oído, le pregunto:-¿Qué no hay, ahí fuera?

¿Qué no hay? La pregunta le pareció un tanto absurda hasta que reparó en qué no estaba ahí: una figura de piedra, retorcida y contrahecha; la gárgola que tenía siempre los ojos fijos en su ventana. Había desaparecido.

-Eres la gárgola -afirmó casi sin sorpresa.

-¿Me crees?- preguntó él, inseguro.

-Hoy creo cualquier cosa.

-Te amo- confesó la gárgola mientras el sol asomaba y él notaba como el frío empezaba a apoderarse de su cuerpo.

-Te amo- aceptó ella mientras veía, sin ningún tipo de miedo, cómo sus manos se transformaban en piedra.

Tardaron bastantes días en encontrarles; dos figuras de piedra, dos gárgolas entrelazadas en un abrazo, haciendo el amor eternamente. Nadie entendió qué hacían allí, pero el operario que fue a buscarlas para llevarlas al museo, mientras las envolvía en gomaespuma para protegerlas, oyó una frase susurrada por el viento que entraba por la ventana abierta…

Abraza tus sueños con fuerza y no los dejes escapar.

viernes 17 de julio de 2009

Ruth ya no es una niña

Prometí que pasaría de vez en cuando para dejaros algún regalo en forma de cuento o poesía,y aquí estoy, para cumplir con mi palabra. Espero que os guste. Un beso a todos.



Ruth, sentada en el banco del pequeño del pequeño jardín trasero de su casa, miraba a Jason mientras este trabajaba afanándose por limpiar de malas hierbas los parterres repletos de rosas. Pronto llegaría la Fiesta de Primavera, y sería el momento de arrancar las flores y venderlas en el pueblo.


La madre de Ruth, Sofía, había ido al pueblo como cada día para vender la leche que habían ordeñado por la madrugada y no volvería hasta dentro de un buen rato. La leche de las vacas y el pequeño huerto era lo único que tenían para sobrevivir desde que Mauro, el padre de Ruth, murió en una trifulca idiota en la taberna del pueblo, cuando dos soldados del marques pelearon por quién sabe qué y lo pillaron a él en medio, matándole de dos cuchilladas.

El marqués había lamentado mucho la muerte del herrero Mauro, un hombre grande, fuerte y bueno, con unas manos maravillosas que lo arreglaban casi todo, por lo menos eso dijo cuando las echó de la herrería diciéndoles que aquel era el hogar del nuevo herrero que llegaría en dos días y que ella, sin Mauro, ya no pintaban nada allí, que eran un estorbo y que debían irse. Les dio una bolsa con monedas de cobre, una minucia en compensación por la perdida de su hogar, pero suficiente para alquilar la granja y comprar las vacas. Jason, que entonces era un chiquillo de 14 años, era el aprendiz de Mauro y también se fue con ellas; al fin y al cabo el trabajo en la fragua lo había convertido en un muchacho robusto y fuerte y ellas necesitarían las manos de un hombre para ayudar en la granja, y como el nuevo herrero traía su propio aprendiz, él no tenía sitio ya en aquella casa, ni dinero para pagar a otro maestro herrero que le enseñase -Mauro lo acogió sin cobrarle, en contra de las costumbres de la época-.

Jason era muy joven cuando llegó a aquella casa. Con siete años, habían matado a su familia cuando viajaban a casa de unos parientes, y Mauro lo encontró escondido entre las malezas del borde del camino, sentado, abrazado a sus propias rodillas, terriblemente quieto y con la mirada perdida.. El herrero tuvo piedad de aquel niño y lo acogió bajo su techo con el beneplácito de su esposa Sofía.

Los primeros días fue como si Jason no estuviese allí. Se pasaba el día metido en su jergón, tapado con la manta, haciendo ruiditos que Sofía interpretaba como sollozos. Fue Ruth, con cuatro añitos en ese entonces, la que consiguió romper la burbuja de dolor y tristeza con la que se había rodeado al ofrecerle con una sonrisa uno de los dos caramelos que su padre le había traído.

Con el tiempo, Jason se adaptó a su nueva familia, les cogió cariño de verdad y aunque nunca se atrevió a llamarles padre y madre, les quería como si lo fueran.

Aunque con Ruth era distinto. Habían crecido juntos, si -¡y de que forma había crecido ella!- y al mirarla debería ver a una hermana, pero... Esa niña que le tendió una mano en forma de caramelo cuando él más lo necesitaba, se había convertido en una mujer que lo volvía loco. Por las noches, con sus lechos separados solo por una cortina, podía birla respirar y moverse dentro de su cama, y su deseo se encendía de tal forma que a veces no le quedaba más remedio que salir para darse un chapuzón en las frías aguas del riachuelo que discurría placidamente cerca de la casa. A veces se sentía culpable por esos sentimientos incontrolados, porque, se decía, al mirar a Ruth debería ver a una hermana y no a una mujer de pechos apetecibles a los que gustaría llenar de besos... En otras ocasiones le tapaba la boca a su conciencia diciéndose que no eran nada, que su vinculo no era fraternal realmente, que la sangre que corría por sus venas no era la misma y que no había nada malo en pensar en ella mientras su mano derecha trabajaba afanosamente para descargarle la tensión...

Culpable o inocente. En eso estaba mientras limpiaba de hierbajos los parterres y arreglaba la valla de alambre que mantenía a los animales alejados de los rosales. Sentía la mirada de Ruth fija en su espalda desnuda y pensar tan siquiera en la posibilidad que ella se acercase y pusiese sus manos sobre su piel, sentir su calido contacto... Mierda. Se le estaba poniendo dura y sólo con los calzones no podía disimular...

Acabo de cerrar la valla y se fue hacia el establo para esconderse entre las vacas, escapar de la mirada de Ruth, esa muchachita de ojos grandes y oscuros y piel morena con la que le gustaría fundirse para toda la eternidad.

Ruth lo vio marchar resignada. Hacía tiempo que había notado que la actitud de Jason para con ella había cambiado drásticamente y no entendía por que. Ese un muchacho -un hombre ya, pensó con una sonrisa- que antes se pasaba el día revoloteando a su alrededor pendiente de sus deseos, ahora la rehuía y casi ni la miraba. Se levantó del banco, se alisó la falda y escondió un bucle rebelde dentro de la cofia. Fue caminando hasta el arroyo y miró su reflejo en el agua. No le gustó lo que vio. Su madre seguía obligándola a vestirse como una niña, con esos corpiños cerrados hasta el cuello, el pelo escondido dentro de la cofia y ese ridículo delantal que la hacia parecer mas una criada que la hija de Sofía... Su amiga Mariela tenía un años menos y ya vestía como una mujer, con telas de colores y buenos escotes por los que suspiraban la mayoría de muchachos del pueblo. A ese paso, se haría vieja sin conocer a hombre alguno. Aunque al único al que quería conocer en ese sentido era a Jason, pero él ni la miraba siquiera y cuando se quedaban solos cada mañana, corría a esconderse en el establo. Prefería estar con las vacas a estar con ella.

Enfadada, dio una patada a una piedra que se hundió en el agua haciendo que su imagen reflejada desapareciera. Si esto seguía así, el tonto de Jason acabaría fijándose en cualquiera menos en ella y eso le daría mucha rabia.

Cuando Sofía regresó, Jason estaba trabajando en el huerto y Ruth estaba barriendo el suelo de la casa. Ya había recogido los huevos del gallinero y había dado de comer a los dos cerdos que estaban criando para San Martín. Jason dejó lo que estaba haciendo y corrió a ayudar a Sofía a bajar del carro. Después se lo llevo al establo, donde cepillaría la mula, le daría de comer y después limpiarla las lecheras para tenerlas preparadas para la mañana siguiente.

-Mamá, ¿has pasado por el molino?- le preguntó Ruth cuando la vio entrar en la casa.

-Sí, cariño. Mañana tendrás tu pastel de cumpleaños, no te preocupes.

Ruth abrazó a su madre con alegría, muy fuerte, y Sofía se lo devolvió, besándola.

-Te quiero mucho, mamá.

-Y yo a ti, mi niña. Anda, ves a ayudar a Jason con el carro...

Ruth, con la cara escondida en el abrazo de su madre, suspiró.

-No creo que sea buena idea. Últimamente me rehuye... No quiere estar cerca de mi.

-¿De veras? Que raro... Jason te ha querido siempre mucho. Bueno, puede que tenga que ver con el hecho que ya no sois niños. Jason hace tiempo que es todo un hombre, y tu mañana cumplirás 16. No estaría bien que siguierais comportándoos como niños-.Sofía se calló, pensativa. Tenía razón, ya no eran niños, y desde luego Ruth era una mujercita encantadora y jason se había convertido en un hombre muy guapo. ¿Sería posible que..? Bueno, porque no, al fin y al cabo tenían muy claro que no eran realmente hermanos. Eso explicaría que Jason la rehuyese; probablemente se sintiera culpable. Tendrá que hacer algo al respecto, piensa, y pronto. La idea que estos dos pipiolos acaben juntos es lógica y no le desagrada en absoluto. Jason es bueno y no le tiene miedo al trabajo... A veces le recordaba a Mauro, no físicamente, pero si en su carácter. No podría encontrar un marido mejor para Ruth.

Jason estaba limpiando las lecheras pero tenia la cabeza en otro lugar. Seguía pensando en Ruth. Mañana cumpliría dieciséis años y él se sentía desgraciado por eso. Pronto vestiría como una mujer adulta y lo que él ya sabía por haberla visto en camisón y con el pelo suelo rondando por la casa, será evidente para todos los del pueblo: que ya no es una niña y que se ha convertido en una mujer muy hermosa. Le saldrán pretendientes de debajo las piedras, aunque su dote sea escasa. Se estremeció al pensar que podía acabar en brazos de alguien como Tomas, el hijo del actual herrero, un baboso desconsiderado que miraba a las mujeres como si fuesen ganado. Pero él no podía hacer nada al respecto, no tenia ningún derecho. Ni derecho ni nada. Había llegado a aquella casa con una mano delante y otra detrás y así seguía. Muchas veces había pensado en irse, había lugares donde un hombre bien dispuesto como él podía hacer fortuna. Se había imaginado volviendo al cabo de unos años con los bolsillos llenos de oro, un hombre rico que regresa al hogar. Pero el sueño se malogra cuando descubre la granja abandonada y nadie es capaz de darle razón del paradero de Ruth.

No puede irse, no mientras las dos mujeres sigan solas. Si Sofía volviese a casarse, él quedaría libre y podría marcharse, pero la viuda de Mauro había dejado muy claro que eso no entraba en sus planes.

¡Maldita sea! ¡Aggggh! Se mesó el cabello, desesperado. No sabía que hacer, porque no podía hacer nada. Dejar de amar a Ruth, si acaso, pero ¿cómo? ¿Cómo, Dios santo? Si la tenía metida tan adentro que solo pensar en la posibilidad de alejarse de ella, de perderla, se le encogía el estómago y los pulmones se le cerraban, haciendo que le faltara el aire y el corazón le dolía como si se lo atravesaran con una aguja muy larga.

¿Por qué todo se había complicado tanto?

Aquella noche no durmió y antes del amanecer ya estaba en el establo, ordeñando las vacas antes que empezaran a mugir. Cuando Sofía se levantase, ya se encontraría las lecheras llenas.

Cuando terminó, sacó de su escondite el regalo que le había preparado a Ruth. Era una cajita de madera de roble, del tamaño de su mano, en cuya tapa había tallado una rosa -a Ruth le encantaban las rosas-. Después, en la ebanistería de Soran, la había barnizado. Dentro, los ágiles dedos de Jason montaron un pequeño mecanismo que, cuando la tapa de la caja se abría, empezaba a girar y a producir notas musicales. Una fina y delicada caja de música hecha con sus propias manos. Cuando la terminó, le pareció la cosa más bonita del mundo, pero ahora, dado su estado de ánimo totalmente derruido, le parecía fea y tonta. No le gustaría. Pero no tenía nada más. Así que volvió a guardarla hasta después de comer, momento en que Sofía sacaría el pastel y ambos le darían sus regalos.

La mañana transcurrió tranquila, cada uno ocupado en sus propios quehaceres. Una granja, aunque sea pequeña, tiene multitud de obligaciones que cumplir y no pueden ser descuidadas ni siquiera en días tan especiales como el dieciséis aniversario de una muchachita bien bella.

Sofía mató un pollo y lo cocinó guisado con patatas, cebolla, zanahoria, tomate y una ramita de tomillo. También hubo pan blanco recién horneado -un lujo- y vino aguado -no era cuestión de emborracharse-. Jason estuvo muy amable con ella, casi como antes, aunque había momentos en que se quedaba muy serio, mirándola. Sofía había hablado con él un momento por la mañana, mientras enganchaba la mula al carro, antes de irse al pueblo con las lecheras.

-No seas tan huraño con Ruth, Jason- le dijo como de pasada-. Comprendo que ya eres un hombre y que no debes comportarte como antes con ella, pero eso no quiere decir que no puedas sonreírle de vez en cuando, ¿de acuerdo, cariño? ¿Harás eso por mi?

Jason estuvo a punto de confesar, sintiéndose como un criminal, como si hubiese hecho algo malo, pero no pudo. ¿Cómo se tomaría Sofía el que estuviese enamorado de Ruth? ¿Lo aprobaría? ¿O pensaría que es poca cosa para ella? Un don nadie... Siempre lo había tratado como a un hijo y él la respetaba por su buen corazón, pero Ruth era su auténtica hija. Tuvo miedo de perder lo único que tenía, su familia. Si a Sofí no le hacía gracia la idea, probablemente le pediría que se fuera. Estaba hecho un lío: por un lado le gustaría poder salir huyendo, pero por otro le aterraba la idea que Sofía le echase. Al final asintió con la cabeza, sonrió y le dijo:

-No te preocupes. Seré amable con ella.

Y así fue. Sonrió, habló, bromeó... casi cómo antes. Ruth se sintió feliz. Cuando su madre puso el pastel sobre la mesa aplaudió y se rió como cuando era una niña. Comieron el pastel, de manzana y nueces, y después le entregaron los regalos.
Sofía le entregó un hermoso vestido... de mujer. Era de terciopelo, rojo granate, ribeteado en negro, con las mangas en forma de lirio invertido; tenía un escote cuadrado y alrededor de la cintura, había lirios bordados en hilo de oro.

-¡Mamá! ¡Es fantástico! ¡Que hermoso! ¿De dónde lo has sacado?

-Eso no importa, cariño. Anda, póntelo.

Sofía sonrió, recordando. Mauro le había regalado ese vestido al poco de casarse, para que lo luciera en la primera Fiesta de la Primavera que disfrutaron como marido y mujer. Fue en esa fiesta que engendraron a Ruth, así que creía que era lógico que ahora lo tuviese ella.

Ruth corrió la cortina que separaba su cama del resto de la casa y empezó a quitarse ese estúpido vestido de niña para ponerse esta maravilla de terciopelo. Era suave, y hermoso, y seguro que cuando Jason la viera con él, se quedaría embobado y no pensaría más en ella como en una niña. Sofía se levantó aun con la sonrisa en los labios y fue a ayudarla. Le ató bien los cordones de la espalda y le cepilló el pelo.

Jason volvía a estar desesperado. Al lado de aquel vestido, su cajita de música le parecería insulsa y poca cosa. Tuvo ganas de romperla, pero si lo hacía sus estúpidas y callosas manos quedarían vacías, sin regalo para Ruth. No tenia mas remedio que conformarse.

La cortina se abrió y apareció Ruth con su nuevo vestido.

-¿Que te parece, Jason?- le dijo Sofía-. Mi niña ya es toda una mujer.

Y lo era. Ya lo creo que lo era. Mas que hermosa, estaba radiante. Su piel morena, como su padre, parecía brillar en contraste con el vestido. Jason se levantó de golpe al verla, la boca abierta, embobado, y la caja de música en sus manos.

-¿Te gusta?- le preguntó Ruth girando sobre si misma. Jason asintió sin poder hablar aún. Su corazón galopaba desbocado y tenía una extraña sensación de mareo detrás de los ojos-. ¿Que tienes entre las manos?

De repente volvió a ser consciente de si mismo. Se miró las manos, apenado y ridículo por culpa de esa estupida caja. ¿Por qué pensó que podría gustarle? Eso es un regalo para una niña, no para una mujer.

-Yo... hice... hice esto para ti-, balbuceó.

Ruth la cogió y sus ojos brillaron de alegría. ¿Podría ser que le gustase?

-Abrela.

Ella le hizo caso y la muscia empezo a sonar. Era la melodía de una canción triste, que hablaba del amor no correspondido que sentía un hombre mortal por la luna eterna. Acarició la caja, feliz, y una lagrima asomó en uno de sus ojos.

-Me gusta mucho. Gracias, Jason.

Y le abrazó, ante la divertida mirada de Sofía. ¿Ay, la juventud! ¡Cuanto tiempo perdido por culpa de las dudas y los miedos! Si supiéramos lo rápido que pasan los años, no nos andaríamos con tantas tonterías.

-Voy a salir- les dijo de pronto-. Cesca Pradoverde me ha pedido que me pase por su casa por no se que asunto. ¿Puedes ensillarme la mula, Jason?

-¡Oh, mamá!- dijo Ruth algo decepcionada, separándose de Jason-. ¿De veras tienes que ir?

-Si, cariño. Lo siento. Vamos, Jason, ¿a qué esperas?

Jason salió de la casa con el cuerpo agarrotado. ¡Dios! Tenerla entre sus brazos había sido como abrazar la luna, un sueño. Y con ese vestido... Se estremeció solo de pensar en la suavidad de su piel y el perfume de su pelo... Tendría que mantenerse alejado de ella el resto de la tarde, pero se movía de ganas de volver a abrazarla.

Cuando Jason las dejó solas, Sofía abrazó muy fuerte a su hija.

-¿Le quieres mucho, verdad?- le preguntó. Ruth se ruborizó y no contestó-. Si le quieres, ves a por él.

-¡Mamá!

-Cariño, los hombres a veces, además de tontos, son ciegos. Él está loquito por ti, pero no se atreve a dar el primer paso. ¡A saber que tonterías pasarán por su cabeza! Hazme caso, si le quieres de verdad, díselo. Tenéis mi bendición-. Las lágrimas fluyeron por el rostro de Ruth; eran de alegría y agradecimiento por tener una madre tan estupenda-. Y ahora me voy, que Cesca me está esperando. Hasta la noche, cariño.

-Hasta la noche, mamá.

Jason ya tenía la mula preparada cuando Sofía salió de la casa. montó, agarró fuerte las riendas y, antes de irse, le dijo a Jason, muy seria:

-Ni se te ocurra correr a esconderte cuando yo me haya ido. Ruth quiere hablar contigo de algo muy importante, así que entra en la casa.

Jason asintió. De pronto volvió a sentirse como cuando era niño y Sofía lo reñía por haber hecho alguna trastada. Entró en la casa sin atreverse a replicar. Sofía sonrió, satisfecha. Si hoy no se aclara todo entre estos dos, pensó, no se aclarará nunca. Recordaba como si fuese ayer la primera vez que Mauro y ella Habían hecho el amor; Sofía, cansada de esperar que aquel muchachote grande y fuerte se decidiese, había trazado un plan. Salió bien y estuvieron juntos hasta que lo mataron. De repente se sintió terriblemente sola. Quizá Ruth tenía razón y debía buscar un hombre que le calentase los pies por la noche...

Ruth estaba sentada con sus manos en el regazo, mirándoselas, cuando Jason entró. Son feas, pensaba, y están llenas de callos. No son las manos de una mujer bonita. ¡Tengo tanto miedo!

-Tu madre me ha dado dicho que quieres hablar conmigo-; la voz de Jason apenas fue un susurro. Tenía el estómago encogido y el corazón en un puño. ¿Que pasaba? ¿Por qué Ruth tiene los ojos enrojecidos de llorar? Tuvo miedo.

-¿Crees que soy bonita, Jason?

La pregunta lo cogió por sorpresa y al principio dudo; no supo que decir. La duda en los ojos de él hizo encoger el corazón de Ruth.

-Si no lo soy puedes decírmelo.

-Eres muy hermosa-. ¿A qué venía a eso? ¿A donde quería llegar?

-¿Y crees que puedo enamora a cualquiera?

Fue como una cuchillada. ¿A cualquiera? ¿De quien estaba hablando? No, no, no, no. Esto no me gusta. No me gusta nada.

-¿A quien quieres enamorar?-. Su voz sonó fría, glacial. Se estaba preparando para lo peor; Ruth se había enamorado de otro, seguro, pero ¿de quien? Lo mataría si la hacía sufrir, maldito sea.

-A ti-, dijo Ruth.

Las palabras penetraron poco a poco en la comprensión de Jason. A ti. Tres letras que derrumbaban con la fuerza de un huracán todas sus dudas. A ti. Dos pequeñas palabras, frágiles como una amapola, suaves como el terciopelo de su vestido, y que sin embargo dieron a su corazón la fuerza de cien toros. A ti. A mi. Me quiere a mi...

Se acercó a ella. Ruth seguía sentada en la silla. Había bajado la vista, avergonzada y llena de temor. Jason se arrodilló, le cogió las manos y se las besó, primero una, después la otra, y hundió la cara en su regazo, agarrándose con fuerza a su falda. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos pero luchó para impedírselo. ¡Qué pensaría de él si lo viese llorar!

Ruth le acarició el pelo, largo y rubio. El corazón le latía como el galope de un caballo. ¿Por qué no la besaba? Enlazó sus manos con las de él, dedo con dedo, palma con palma. Jason levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos. Había empezado a llorar sin poder evitarlo y las lágrimas resbalaban por sus mejillas de hombre. Ruth acercó su rostro al de él, ofreciéndole sus labios entreabiertos, invitando a profanarlos con sus besos.

Se besaron. Sus labios se unieron con timidez buscando cada uno la vida en el otro, suavemente, como si temiesen que la magia del momento, con las prisas, pudiera romperse. Sus lenguas jugaron en la boca del otro, bebiéndose ese instante de felicidad.

Se separaron, sorprendidos y un poco aturdidos, no sabiendo muy bien qué hacer a continuación, pero sintiendo en su cuerpo esa presión que provoca el deseo.

-¿Y Sofía? ¿Qué dirá?

-Tenemos su bendición.

Tanta felicidad no podía ser posible. Se levantaron sin soltar sus manos, y se quedaron de pie, el uno frente al otro, mirándose, asustados del momento. Ruth soltó sus manos y se colgó de su cuello. ¡Era tan alto! Él volvió a besarla, en la boca primero, para ir bajando poco a poco, beso a beso, por el cuello hasta el nacimiento de sus senos, esa fantástica parte de su cuerpo que dejaba a la vista el vestido de mujer. Ruth pasó las manos entre los cabellos de Jason, alborotándoselos. Su corazón estaba tan acelerado que creía que se le saldría del pecho.

-Debemos parar ahora- dijo él separándose de Ruth-, antes que no pueda.

-No quiero que pares. Quiero llegar hasta el final-. Ruth habló en susurros, entrecortadamente, aferrándose a él con las palabras.

-¿Estás segura?

Ruth asintió con la cabeza y se dio la vuelta, quedando de espaldas a él.

-Ayúdame con el vestido.

Deshizo los lazos y tiró de las cintas. Sus manos temblaban de emoción e impaciencia. No podía creerlo. Para él, se estaba obrando un milagro. El vestido cayó al suelo y la espalda de Ruth apareció ante su vista. Sin darle la vuelta, la abrazó por la cintura y le besó en el cuello. Sus pechos tenían la firmeza de los dieciséis años y eran suaves; los acarició con las dos manos mientras ella gemía de placer, totalmente abandonada a aquel momento de felicidad perfecta. Buscó el lazo de sus enaguas y lo deshizo, dejando que cayeran al suelo y le bajó los calzones con sus manos, dejando un reguero de besos por toda su espalda, hasta llegar a sus nalgas desnudas, que acarició con manos y labios mientras ella seguía gimiendo.

Se levantó y se quitó la camisa. Hizo que ella se girara y volvió a besarla en la boca. El deseo contenido estaba siendo liberado y él tenia que hacer auténticos esfuerzos para ir despacio porque su sed de ella era tan grande que si se dejaba llevar podría hacerle daño y no se lo perdonaría nunca. Ella era virgen aún y no podía permitir que su primera experiencia resultara un mal recuerdo. Le besó los pechos y jugó con sus pezones, acariciándolos con su lengua, primero uno y después el otro, y chupándolos con delicadeza. Ella estaba cada vez mas excitada; lo notaba en su respiración, en sus gemidos, en sus músculos tensionados... Volvió a besarla en la boca mientras la abrazaba apretándola contra su cuerpo. Sus labios eran tan dulces...

Ella se estremeció al notar entre sus muslos el pene de Jason en plena erección y deseó sentirlo en su interior. Él la cogió en sus brazos y la llevó hasta la cama, donde la dejó para poder quitarse la ropa que le quedaba. Se acomodó a su lado, apretaditos en esa cama pequeña, y hundió la mano entre los muslos de Ruth, acariciándole el clítoris con delicadeza. Sus gemidos se incrementaron y mientras, él la miraba extasiado.


Volvió a besar y lamer sus pechos sin dejar que su mano saliera de su sexo; jugueteó con sus dedos dentro de ella, preparándola para lo que vendría a continuación.. Se puso encima de ella y Ruth abrió sus piernas recibiendo en su interior la lanza de Jason, que la hizo gritar de placer y alegría mientras él se esforzaba por complacerla, resistiendo el envite del orgasmo que quería ser liberado. Aguantó mientras ella le clavaba las uñas en su espalda y sus bocas volvían a encontrar una y otra vez, con desesperación, mientras su pene cumplia con su trabajo rítmicamente, marcando el compas con sus gemidos, y cuando ella empezó a gritar y a empujar tambien con su pelvis, él supo que podia dejarse ir, y el orgasmo les llegó como agua de mayo, haciendoles sentir que el resto del mundo era una alucinación y que lo unico real eran ellos dos fundidos en uno, para siempre.

Pero ese siempre se terminó y se quedaron abrazados durante un buen rato, sorprendidos por lo que acababan de hacer.

-Ha sido maravilloso- dijo Ruth rompiendo el silencio.

-Sí, y lo será mas a medida que aprendamos.

-La practica hace al Maestro, como decía mi padre.

Jason se rió, divertido.

-No creo que lo dijera pensando en esto.

La miró y en sus ojos vió un brillo que antes no estaba, como si haber hecho el amor le hubiese dado una visión distinta de las cosas. Estaba seguro que Ruth seguiría siendo maravillosa dentro de treinta años, porque su verdadera belleza estaba en su alma, y cuando los años y el duro trabajo de la granja estropeasen su piel y sus facciones, sus ojos seguirían irradiando la belleza que provenía de su alma e incluso cuando fuese una viejecita y estuviese rodeada de nietas jóvenes, seguiría siendo la mas hermosa...


-¿Quieres que sigamos practicando?

Sus pezones contestaron por ella, poniéndose duros otra vez, y él subió la mano libre para pellizcarlos. La penetró de nuevo sin cambiar de postura, apretándola contra si mientras ella gritaba.

-¡Sí!¡Sí!¡No pares!¡Sí!¡Oh, Dios!

Y empujó y empujó y empujó hasta que el orgasmo terminó y los dejó completamente agotados. Se durmieron, tapándose con las mantas, uno en brazos del otro, y así los encontró Sofía cuando volvió por la noche.

Se casaron al cabo de seis meses, con la bendición de Sofía, y os aseguro que en ese tiempo, practicaron tanto que casi rozaban la maestría...


miércoles 24 de junio de 2009

Ha sido algo mas de un año compartiendo mi vida con vosotros, unos meses fantásticos llenos de sorpresas, la más agradable de todas vuestra fidelidad al venir semana tras semana para leer mis aventuras; y la más preciada, vuestra amistad.

Pero necesito un descanso, dejar de airear mi vida diaria, tener un poco de privacidad... Aunque eso no quiere decir que de vez en cuando no me pase por aquí a dejar una poesía, o un cuento, o quizá venga a hablar de la vida de otros vampiros que se han cruzado por mi vida.

Pero de momento no hablaré más de mi. Quien sabe, si pasan cosas interesantes quizá vuelva a hacerlo, pero de momento no.

Lo que si haré será seguir visitándoos en vuestras casas-acordaos de dejar las ventanas abiertas- y comentar de vez en cuando, cuando tenga algo que decir.

Mientras tanto, un beso muy grande a todos y un abrazo enorme.




SOÑARTE

Soñarte es sentir
tus manos sobre mi piel desnuda
y tu aliento excitado recibir
cerca de mi garganta ofrecida.

Soñarte es beber
yo tu sangre y tu la mía
compartiendo así al comer
la vida que tanto nos ansia.

Soñarte es una locura
que entabla una lucha suicida
la razón contra la diablura
que conviven en mi esencia maldita.

Soñarte es caminar
pisando un lecho de rosas
esperando poder amar
bajo la sombra de las mimosas.

Soñarte es descansar
dormida entre tus brazos
y mientras tanto aguardar
que la vida vuelva a retazos.

Soñarte es confiar
que el mañana será hermoso
a pesar de encadenar
mi corazón sin reposo.

Soñarte es...

Soñar.

miércoles 17 de junio de 2009

-120-


Despacio, de una forma casi imperceptible, la normalidad se va apoderando de nuestras vidas; aunque hablar de normalidad refiriendome a vampiros parece una incongruencia.

Con Kurayami casi recuperado, le tocó el turno a Hikarí de ser el objeto de nuestras atenciones. Le arropamos en nuestro abrazo, le mimamos hasta la pesadez y poco a poco sus ojos recuperaron el brillo perdido. Vuelve a ser como antes y aunque las cicatrices le han endurecido el alma, no permite que le amarguen la existencia.

En cuanto a mi...

Muchas cosas han cambiado para mi desde que bebí la sangre de la Doncella. Aquiles tenía razón en una cosa: intentó echar mi alma y apoderarse de mi cuerpo.

Al principio no recordé lo ocurrido durante los dos dias que estuve desaparecida pero poco a poco los recuerdos volvieron. La pelea que tuvimos fue de las que se denominan épicas, y el campo de batalla fue mi cuerpo. Su alma intentó apoderarse de mi mente y ramificarse, extender sus tentáculos hasta doblegarme a su voluntad. Intenté luchar pero su fuerza me superaba y me desesperé. Pensé en Kurayami, en lo que sentiría si permitía que la Doncella ganase esta batalla; en mi amor, acurrucado entre estos brazos que ya no serían mis brazos; ¿se daría cuenta del engaño? Supongo que sí, quiero creer que si, y me imaginé lo que sentiría al ver, en los ojos que mas ama, reflejados al ser que mas odia... Tomé la decisión, arriesgar el todo por el todo, y acepté el poder que me ofrecía la sangre de la doncella, para usarlo en su contra justo en el momento que ella creía haber ganado.

No me pregunteis cómo lo hice, porque no lo se. Gané y la expulsé, eso es lo que importa y ya no queda nada de ella en mi, excepto...

Excepto que algunas cosas han cambiado.

Sigo siendo Akeru, de eso no hay duda, y mi comportamiento errático, impulsivo e impredecible no ha variado: sigo igual de inmadura. Pero mis capacidades como vampiro han aumentado.

El sol ya no me quema. Puedo asomarme al día, pasear como un ser humano normal y dejar que el sol caliente mi piel sin temer al dolor, porque no hay dolor. La magia en mi ha aumentado; cosas que antes me costaba hacerlas ahora las consigo sin siquiera pensar en ellas, y otras que eran inimaginables para mi, se están convirtiendo en rutina.

Aún no he hablado de ello con Kurayami, aunque no es tonto y se que se ha dado cuenta que algo ha cambiado. Debería decírselo, no perder más tiempo porque hacer las cosas a sus espaldas no nos ha traido nada bueno, pero tengo miedo. Algo de la Doncella se ha quedado dentro de mi y temo que eso haga que nuestra relación cambie. ¿Y si deja de confiar en mi?
Que estupidez, tal y como lo he escrito me he dado cuenta de mi error. Si le oculto la verdad será cuando empezará a desconfiar, así que hablaré con él hoy mismo.

Nos queremos demasiado para permitirme el lujo de estropear algo tan maravilloso por una idiotez. Se lo contaré, me abrazará, me besará y me dirá: "No te preocupes, todo irá bien."

Todo irá bien.

Por supuesto.

miércoles 10 de junio de 2009

-119-


La tristeza de Kurayami fue pasando poco a poco, a base de mimos y te quieros. Una mañana me desperté inquieta y no estaba en la cama, a mi lado. Oí la voz de una mujer que provenía del comedor y la identifiqué enseguida: era Marlene Dietrich en "Testigo de CArgo". Me levanté. Kurayami estaba sentado viendo la tele cuando me oyó llegar, levantó la mano, ofreciéndomela, sin mirarme. La cogí y me senté en el brazo del sillón, a su lado.

-¿Por qué nos traicionan siempre las personas que más amamos?-me preguntó.

Por un momento estuve a punto de echarme a llorar. Yo era quien más le amaba, y jamás le traicionaria. Estuve apunto de decirle eso, pero no era adecuado. Al pronunciar esa frase, Kurayami no se refería a mi.

-No lo se. Quizá porque la confianza da asco-, intenté bromear, pero mi respuesta sonó bastante absurda.

Sonrió, pero con tristeza. Tenía los ojos enrojecidos y supe que había estado llorando. Me deslicé por el brazo del sillón hasta hacerme un ovillito a su lado; pasó su brazo alrededor de mi espalda y yo apoyé mi cara en su pecho.

-Aquiles y Ekaterina... no soy capaz de asimilar todo el odio que me profesaban, ni de entenderlo. Sobre todo Aquiles. No hago otra cosa que preguntarme por qué...

El silencio pesó en el aire. Debía decir algo, pero ¿qué?

-¿Por qué me amas?- le pregunté de improviso. Tenía que romper esa línea de pensamiento inmediatamente; no podía dejar que siguiese por ese camino o se perdería de nuevo en un mar de lamentaciones y culpabilidades.

-¿Que?

-¿Por qué me amas?- repetí-. Dame un motivo objetivo que justifique lo que sientes por mi. ¿Qué es lo que hice para que te enamoraras de mi?

Estuvo callado un buen rato, supongo que meditando la respuesta. Al fin tuvo que aceptar la evidencia.

-Nada. No hiciste nada. Simplemente te vi y lo supe. Supe que te amaba.

-Yo tampoco se por que te amo. Nadie sabe por qué siente lo que siente, y da igual si es amor u odio. Hay gente que ama desesperadamente a quien lo maltrata, y otros son incapaces de amar a alquien por muy bien que les traten... ¿Hay alguna explicación a eso?

-De acuerdo, entendido- me dijo besándome la cabeza-. Se acabó el buscar motivos para justificar sus actos y acabar echandome la culpa.

-Me alegro. ¿Dejaras de preguntarte el por qué?

-¿El por qué de qué?- bromeó-. No se a qué te refieres...

Empecé a hacerle cosquillas y él se defendió. Acabamos en el suelo, riendonos a carcajada limpia, felices de estar juntos, contentos de estar vivos...

miércoles 3 de junio de 2009

-118-


Hikarí.

Sus ojos siempre han sido hermosos y alegres como una fiesta de cumpleaños con muchos globos y un gran pastel; el pastel ha desaparecido y los globos han reventado. Y no me extraña, despues de lo ocurrido.. Ekaterina es su madre, la que le transformó, y ese vínculo es demasiado doloroso cuando la traición anda de por medio.

Hikarí sorprendió una conversación entre Ekterina y Aquiles y ellos le sorprendieron a él. Lo mantuvieron drogado y encerrado durante todo el tiempo que le estuve buscando, no sabiendo muy bien qué hacer con él; y aunque el verse descubiertos les hizo precipitarse en sus planes, eso no hace que Hikarí se sienta menos inútil e impotente que Kurayami.

Que dos.

Si fuesen chicas, sería normal que se sintiesen aliviadas y contentas de haber sido savladas y no culpables por no haber sido capaces de protegerse a sí mismos. Pero como son dos machos, se sienten estúpidos e inútiles por haber dependido de mi. Quizá debería decirles que al fin y al cabo soy la protagonista de esta historia y lo logico es que yo sea la heroína, ¿no?

miércoles 27 de mayo de 2009

-117-


Una semana después, Aquiles y Ekaterina fueron juzgados. Su principal delito: haber intentado destruir a Kurayami, el Primer Vampiro y padre de todos ellos. Los jueces fueron los seis vampiros restantes que junto con Aquiles, eran nombrados los Siete: Lubos, Svenson, Klavdiya , Gredel, Domhnal y Bayaarma.

Fueron narrados los hechos por los testigos -Hikarí, Kurayami, Vlad, Yasu y yo misma- y escuchados sus motivos, que se redujeron a lo de siempre: ambición y sed de poder por parte de Aquiles; venganza y celos por parte de Ekaterina. Me hubiera gustado que por lo menos en eso hubiesen sido originales, pero no fue así.

Aquiles quería dominar el mundo, algo tan patético como eso. Un malo de serie B, maquilador de complejas conspiraciones; absurdo y penoso. Ekaterina... Bueno, ella fue fiel a su naturaleza egoísta y posesiva: si Kurayami no podía ser suyo, no iba a ser de nadie. Nunca ha llegado a comprender lo más fundamental en una relación: no hay dueños, nadie le pertenece a nadie. Cuantas más ataduras y cadenas pones a tu pareja, más la alejas de ti. Si quieres a alguien de verdad pero ha decidido partir de tu lado, lo mejor es dejarle marchar, lamer tus heridas y dejar que pase el tiempo, porque lo cura todo. Y si algo nos sobra a los vampiros, es tiempo ¿no?

En cuanto a la Doncella, le dejó bien claras a Kurayami sus razones. Sacrificios humanos dedicados a ella. Que egocéntrica. Y alimentarse de almas. Puag. ¿No podría haberse contentado con una buena paella o un cocido andaluz?

Después de escucharnos a todos, los jueces dictaron sentencia: muerte en vida. No podía ser de otra forma. Fueron encerrados en sendos ataúdes sellados por la magia de Kurayami y lanzados al mar, donde pasarían el resto de la eternidad. Un destino terrible, pero merecido.

Despues de eso, Kurayami estuvo taciturno y silencioso durante varios dias. Tuve miedo, por qué negarlo, a que volviese a ser como cuando le conocí, lacónico y triste, encerrado en si mismo, dejando que su alma se pudriese cargada de lamentaciones y remordimientos. Supogo que durante esos días las imagenes de su pasado le golpearon con mas fuerza que de costumbre aprovechando la herida que había abierto Ekaterina. Volver a encontrarse con la Doncella y no poder hacer nada; saberse traicionado por Aquiles, uno de sus hijos; sentirse impotente y abrumado por los acontecimientos, no ser capaz de luchar, no haberlo visto venir, ser engañado... No se cuales fueron los pensamientos que pasaron por su cabeza durante aquellos funebres dias, pero Hikarí y yo intentamos arroparle todo lo que pudimos, estar a su lado y demostrarle cuánto le queremos y cuánto le necesitamos. Sobre todo Hikarí.